Dígalo, dígalo sin miedo; tal como va el mundo todos los que no somos imbéciles necesitamos estar un poco locos.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Sueño (otro de los)

Una vez soñé que me enfrentaba al Apocalipsis. No era realmente el fin del mundo, sino más bien algo que parecía la mezcla de un hombre muy viejo y un árbol quemándose.
Bajaba yo la escalera con un nudo estomacal semejante a los nervios de exámen. Veía lo nublado del día a través de la cortina de la ventana que está sobre el mueble de al lado de la puerta que da a la calle. Espiaba por la mirilla, que todavía no estaba rota. Ahí, del otro lado, esperaba él (¿ello?), estacionado junto al felpudo de la entrada y bastante encorvado, con una boca desdentada levemente abierta y un par de ojos de un solo color. Calvo, absolutamente. Se mantenía en pie vaya uno a saber cómo, entre hervideros de lava que iban y venían desde el escalón que baja a la vereda para allá. La corteza que llevaba por piel se carbonizaba de a poco, pero él no se inmutaba. Ahí, parado y en silencio, me miraba inexpresivo.
Y en eso sentía yo a los nervios de examen mutando en una sed feroz, y con la boca seca me armaba de un paraguas y salía a combatir al Apocalipsis.
Y estaba descalza.

miércoles, 13 de octubre de 2010

El horror-


Guarda que bolsa.

martes, 21 de septiembre de 2010

Melatol-


Tengo insomnio. Siempre tuve insomnio, o al menos lo tengo desde hace unos cuantos años.

Ser insomne, si me preguntan, es algo que genera bastante desdicha en una persona que disfruta del buen dormir (o en cualquiera, realmente), y es justamente por eso que la sensación de quedarme dormida es para mi una de las más magníficas que existe. Quedarme dormida leyendo en la cama, con la luz prendida, quedarme dormida mirando una película, quedarme dormida en clase, quedarme dormida en el colectivo y despertarme en Ezpeleta. Esa falta de familiaridad con el dormir sin intentarlo me lo vuelve algo verdaderamente glorioso.



Desde hace ya unas semanas estoy tomando pastillas para regular el sueño. Por tres días funcionaron, después ya no, pero no abandoné. Y para ello es razón suficiente la que sigue: me hacen soña cosas rarísimas. En corto(o largo)metraje, todas y cada una de las noches. No necesariamente cosas geniales, y casi nunca cosas demasiado agradables, pero intensas, tanto que se me han escapado unas cuantas por no poder escribirlas. Las que quedaron, y las que vayan quedando, vendrán a parar acá.




UN (SUEÑO)



Estábamos en ese sótano húmedo, que bien puede que fuera una mina, o incluso un túnel de subterráneo. Las paredes de tierra negrísima escurrían agua y cucarachas con poca sutileza, y yo no tengo idea de cómo habíamos llegado ahí, pero estaba oscuro y hacía frío. Un frío estático, de ese que no deja ni temblar. Y en la inmovilidad obligada el olor a sudor-mar y a algo que no está bien nos generaba una claustrofobia que daba ganas de arrancarse los ojos. Éramos las esposas de alguien, de álguienes, y al parecer algo mal habíamos hecho. Y había que pagar por eso, pero no nosotras. Ellos. Ellos, que sigo sin saber quiénes. A los músicos les cortaban las manos, y yo pataleaba, y estaba muerta de miedo y de angustia, y las uñas llenas de tierra y la cara llena de lágrimas y a los gritos. Pero en los sueños no se grita.

Y eso es lo terrible.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Superhéroe-

Utopo descendió con brusquedad y fue a dar de lleno contra la vidriera de una tienda. Algo aturdido, emergió al instante de entre los cristales rotos, haciendo exageradas reverencias y empleando un lenguaje absolutamente pomposo para disculparse con el incrédulo hombre detrás del mostrador. Con la cabeza gacha salió arrastrando los pies y, habiéndose alejado media cuadra, se sentó en un cordón y rompió a llorar.
Lamentable, se dijo. Él, el más magnífico y adorado superhéroe de “Ciudad P”, perdiendo sus habilidades en manos de un condenado cuadro de depresión. Recordó a Rogelio, su jerbo, inusual compañero de batallas a quien había tenido que enterrar días antes gracias a un trozo de bellota demasiado grande. Rogelio. Las lágrimas aceleraron su curso a través del rostro de rasgos duros, cayendo por el precipicio del mentón prominente y dando justo en el centro de la corroída “U” de plata que reposaba en el pecho del traje azul oscuro. El cabello rubio y rizado hasta los hombros, antes lleno de vida, formaba ahora una maraña grisácea que desentonaba por completo con el esbelto y esculpido cuerpo que yacía arrojado en aquél cordón.
Se hallaba a punto de notar su propia pestilencia cuando un grito lejano lo obligó a abandonar su miseria. Alguien necesitaba ayuda. Alzó los ojos inyectados al cielo y padeció un momento de indecisión: podía permanecer allí sentado, inspirando la suficiente lástima para que algún transeúnte se compadeciera con unas monedas para un trago, o podía levantarse y seguir adelante. Pensó en sus días de gloria. Pensó en aquellas tardes en que los ciudadanos de “P” lo saludaban alegres al pasar, y hasta volteaban con una mezcla de envidia y fascinación para verlo alejarse por las calles, deslizándose con gracia, su capa ondeando detrás... Era SU ciudad. Y mi grito, se dijo un tanto avergonzado, a la vez que se erguía de un salto y corría hacia la calle “las Magnolias”, donde sabía con certeza que el gato de alguna de las vecinas tenía problemas para bajar de un árbol.

jueves, 10 de diciembre de 2009

El coágulo abominable-

( que había que arrancarse a tirones de palabras)

Te detesto.
Detesto no poder odiarte,
porque el odio es irracional
y los motivos me sobran para estar sólo furiosa.
Con vos,
con todo lo que te implica.
Con los fines de semana adentro y las canciones
y los desayunos y los dedos apretados.

Aborrezco tu sello en los lugares,
las dudas,
los llantos dos veces y sospechar que ni escozor te ha dado.
Y las coincidencias,
y la lluvia de ese día contra la ventana
el balcón
el abrazo del beso de mate lavado.

Me indigesta tu libro en mi estante
sólo,
hipócrita y al acecho.
El recuerdo empañado y la pérdida de tiempo
Rotunda.
Doble.


Me enfurece tu ego, tu forma de hoyo negro,
tu alarde de desgracia,
terco,
petulante,
estrepitoso y ciego.

Me sulfura compadecerte y que no lo sepas.
Que ignores que hoy soy enorme y vos
lejano,
minúsculo y menguante,
y que es un soplo
este segundo en que me doy cuenta de que por suerte,
por suerte ya me haces nada de falta.