Una vez soñé que me enfrentaba al Apocalipsis. No era realmente el fin del mundo, sino más bien algo que parecía la mezcla de un hombre muy viejo y un árbol quemándose.
Bajaba yo la escalera con un nudo estomacal semejante a los nervios de exámen. Veía lo nublado del día a través de la cortina de la ventana que está sobre el mueble de al lado de la puerta que da a la calle. Espiaba por la mirilla, que todavía no estaba rota. Ahí, del otro lado, esperaba él (¿ello?), estacionado junto al felpudo de la entrada y bastante encorvado, con una boca desdentada levemente abierta y un par de ojos de un solo color. Calvo, absolutamente. Se mantenía en pie vaya uno a saber cómo, entre hervideros de lava que iban y venían desde el escalón que baja a la vereda para allá. La corteza que llevaba por piel se carbonizaba de a poco, pero él no se inmutaba. Ahí, parado y en silencio, me miraba inexpresivo.
Y en eso sentía yo a los nervios de examen mutando en una sed feroz, y con la boca seca me armaba de un paraguas y salía a combatir al Apocalipsis.
Y estaba descalza.
Bajaba yo la escalera con un nudo estomacal semejante a los nervios de exámen. Veía lo nublado del día a través de la cortina de la ventana que está sobre el mueble de al lado de la puerta que da a la calle. Espiaba por la mirilla, que todavía no estaba rota. Ahí, del otro lado, esperaba él (¿ello?), estacionado junto al felpudo de la entrada y bastante encorvado, con una boca desdentada levemente abierta y un par de ojos de un solo color. Calvo, absolutamente. Se mantenía en pie vaya uno a saber cómo, entre hervideros de lava que iban y venían desde el escalón que baja a la vereda para allá. La corteza que llevaba por piel se carbonizaba de a poco, pero él no se inmutaba. Ahí, parado y en silencio, me miraba inexpresivo.
Y en eso sentía yo a los nervios de examen mutando en una sed feroz, y con la boca seca me armaba de un paraguas y salía a combatir al Apocalipsis.
Y estaba descalza.

