miércoles, 26 de agosto de 2009
martes, 25 de agosto de 2009
Epopeya-
El manotazo cae pesado sobre el minúsculo reloj despertador. Con la poca lucidez con la que se puede decir que cuenta a esas horas de la mañana, piensa que debe cambiarlo, recordándose como odia la taladrante campanilla que la hace casi saltar de la cama todos y cada uno de los días. Tal vez a la tarde se ocupe.Se estira todo lo que le permite la sábana rayada, (hoy todavía sin rayas porque aún no ha separado los párpados), que está como siempre fuertemente apretada abajo del colchón. Y nada. Abre un ojo para ver la hora. 7:05. Lo cierra. Hay tiempo. Con una fuerza sobrehumana gira despacio sobre su lado izquierdo y queda ahora de frente a la pared. Sabe allí un cuadro no figurativo que no tiene ganas de ver. Y permanece con los ojos cerrados. Quiere volver a dormir, y abrirlos supondría acabar resignándose a la idea de que, efectivamente, ya está despierta. Quiere volver a dormir aunque sea por unos minutos, y la mugrienta conciencia se empeña en retenerla consigo.Piensa que, quizás, un poco de música pueda sacarla de ese estado de trance (en el que, por cierto, se encuentra increíblemente cómoda). O quizás la ayude a volver a dormir. Pero no, no debe. Se incorpora y prende el equipo de música. Cree hacerlo. Sueña. No lo hace. No va a hacerlo, no quiere levantarse.De nuevo gira sobre si misma, quedando esta vez boca abajo, ya con algo de culpa. Le pica la mejilla. Intenta que su cerebro informe al brazo derecho (que es el único que no está bajo la almohada) que necesita rascarse. Pero esa parte de su cuerpo no parece querer responder. Por el amor de dios, ¡como le pica! Aprieta los párpados pegados tanto como le es posible (ve estrellas), porque eso ayudará a que su mano reaccione y cumpla el rol más importante que una mano puede tener. Y si. Detecta un suave cosquilleo en el lado de su muslo derecho. Si. Luego de angustiosos segundos, después de aquel agobiante forcejeo mental, siente a la extremidad nombrada reptar junto al costado de su cuerpo, y las uñas perfectamente cortas alcanzan al fin, gloriosas, la mejilla en agonía. Suspira feliz.La mano continúa el recorrido. Se toca la cabeza y ¡ah! Como lo sospechó. El pelo, enrulado en todo su esplendor, ha formado una grotesca maraña a un lado de la cara, anomalía a la que deberá encomendar una gestión de al menos diez minutos, y luego de la cual deberá recogerse los bucles en un rodete lo más apretado posible para lograr aguantar sin mojárselos hasta la noche. Podría no hacerlo, claro. Siempre podría optar por negarse al peine. Sólo que al costo de soportar de de parte de sus ocurrentes colegas, esos comentarios acerca de la condenada humedad primaveral, y de alguna miserable colonia de carpinchos sin hogar que le estaría eternamente agradecida. No, no está de humor. Estirada, rayando la inercia, piensa en la camisa rosa claro que asoma insolente por la puerta entreabierta del placard. En la cafetera fría, que olvidando sus acostumbrados sonidos guturales, ha de estar riéndose de ella desde la mesada de la cocina. Piensa en el colectivo de las 7:50, que pronto acabará de cargar a las humanidades enanas de siempre para partir hacia otro día de asmática rutina. Protesta a la nada. Despide un suspiro semi-sonoro de resignación y se concentra. Ya casi podría decirse que es tarde. Y no se levantó. No se lavó la cara, o los dientes. No se peinó ni se maquillo y todavía no alcanzó la camisa, mucho menos esa gloriosa taza de café que nadie parece tener ganas de facilitarle. Carajo, arriba. lunes, 24 de agosto de 2009
A los cronopios de la acción poética interamericana (carta inédita)
Por Julio Cortazar
Nada puede parecerme más ominoso que una reunión de cronopios poetas y artistas. La sola y siniestra idea es comparable a la mañana en que los campesinos de Bustedville, Nevada, vieron llegar a un caballo sin jinete, con un mensaje atado a un estribo: las langostas habían aprendido a pensar y avanzaban estratégicamente, comiéndose a los hombres en vez de las plantas de maíz. Pero también, mensaje por mensaje, acordémonos de la botella vomitada por el mar en las playas de Dubrovnik en agosto de 1865, con su inscripción bordada en un guante de mujer: "Estoy tan solo, tan lejos, tan alto". Dados esos antecedentes, toda aglomeración de cronopios me parece digna de sospecha. ¡Cuidado con los poetas que muerden! ¡Cuidado con los artistas que transforman! Ya se han visto sus intenciones en el volante teñido de rosa ingenuo que han distribuido profusamente y donde anuncian: "Cerrojos caídos y puertas abiertas". ¡Cerrojos caídos y puertas abiertas! ¿Pero qué va a ser de nosotros, doctor Gómez? ¡Ay, vaya uno a saber, señora Rodríguez! En vista de todo lo cual, mi indignada aportación a este nefasto primer encuentro de la Acción Poética Interamericana es la siguiente: Cronopios de la tierra americana, muestren sin vacilar la hilacha. Abran las puertas como las abren los elefantes distraídos, ahoguen en ríos de carcajadas toda tentativa de discurso académico, de estatuto con artículos de I a XXX, de organización pacificadora. Háganse odiar minuciosamente por los cerrajeros, echen toneladas de azúcar en las salinas del llanto y estropeen todas las azucareras de la complacencia con el puñadito subrepticio de la sal parricida. El mundo será de los cronopios o no será, aunque me cueste decirlo porque nada me parece más desagradable que saludarlos hoy cuando en realidad me resultan profundamente sospechosos, corrosivos y agitados. Por todo lo cual aquí va un gran abrazo, como le dijo el pulpo a su inminente almuerzo.
París, 1964
Nada puede parecerme más ominoso que una reunión de cronopios poetas y artistas. La sola y siniestra idea es comparable a la mañana en que los campesinos de Bustedville, Nevada, vieron llegar a un caballo sin jinete, con un mensaje atado a un estribo: las langostas habían aprendido a pensar y avanzaban estratégicamente, comiéndose a los hombres en vez de las plantas de maíz. Pero también, mensaje por mensaje, acordémonos de la botella vomitada por el mar en las playas de Dubrovnik en agosto de 1865, con su inscripción bordada en un guante de mujer: "Estoy tan solo, tan lejos, tan alto". Dados esos antecedentes, toda aglomeración de cronopios me parece digna de sospecha. ¡Cuidado con los poetas que muerden! ¡Cuidado con los artistas que transforman! Ya se han visto sus intenciones en el volante teñido de rosa ingenuo que han distribuido profusamente y donde anuncian: "Cerrojos caídos y puertas abiertas". ¡Cerrojos caídos y puertas abiertas! ¿Pero qué va a ser de nosotros, doctor Gómez? ¡Ay, vaya uno a saber, señora Rodríguez! En vista de todo lo cual, mi indignada aportación a este nefasto primer encuentro de la Acción Poética Interamericana es la siguiente: Cronopios de la tierra americana, muestren sin vacilar la hilacha. Abran las puertas como las abren los elefantes distraídos, ahoguen en ríos de carcajadas toda tentativa de discurso académico, de estatuto con artículos de I a XXX, de organización pacificadora. Háganse odiar minuciosamente por los cerrajeros, echen toneladas de azúcar en las salinas del llanto y estropeen todas las azucareras de la complacencia con el puñadito subrepticio de la sal parricida. El mundo será de los cronopios o no será, aunque me cueste decirlo porque nada me parece más desagradable que saludarlos hoy cuando en realidad me resultan profundamente sospechosos, corrosivos y agitados. Por todo lo cual aquí va un gran abrazo, como le dijo el pulpo a su inminente almuerzo.
París, 1964
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