Dígalo, dígalo sin miedo; tal como va el mundo todos los que no somos imbéciles necesitamos estar un poco locos.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Sueño (otro de los)

Una vez soñé que me enfrentaba al Apocalipsis. No era realmente el fin del mundo, sino más bien algo que parecía la mezcla de un hombre muy viejo y un árbol quemándose.
Bajaba yo la escalera con un nudo estomacal semejante a los nervios de exámen. Veía lo nublado del día a través de la cortina de la ventana que está sobre el mueble de al lado de la puerta que da a la calle. Espiaba por la mirilla, que todavía no estaba rota. Ahí, del otro lado, esperaba él (¿ello?), estacionado junto al felpudo de la entrada y bastante encorvado, con una boca desdentada levemente abierta y un par de ojos de un solo color. Calvo, absolutamente. Se mantenía en pie vaya uno a saber cómo, entre hervideros de lava que iban y venían desde el escalón que baja a la vereda para allá. La corteza que llevaba por piel se carbonizaba de a poco, pero él no se inmutaba. Ahí, parado y en silencio, me miraba inexpresivo.
Y en eso sentía yo a los nervios de examen mutando en una sed feroz, y con la boca seca me armaba de un paraguas y salía a combatir al Apocalipsis.
Y estaba descalza.

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