Tengo insomnio. Siempre tuve insomnio, o al menos lo tengo desde hace unos cuantos años.
Ser insomne, si me preguntan, es algo que genera bastante desdicha en una persona que disfruta del buen dormir (o en cualquiera, realmente), y es justamente por eso que la sensación de quedarme dormida es para mi una de las más magníficas que existe. Quedarme dormida leyendo en la cama, con la luz prendida, quedarme dormida mirando una película, quedarme dormida en clase, quedarme dormida en el colectivo y despertarme en Ezpeleta. Esa falta de familiaridad con el dormir sin intentarlo me lo vuelve algo verdaderamente glorioso.
Desde hace ya unas semanas estoy tomando pastillas para regular el sueño. Por tres días funcionaron, después ya no, pero no abandoné. Y para ello es razón suficiente la que sigue: me hacen soña cosas rarísimas. En corto(o largo)metraje, todas y cada una de las noches. No necesariamente cosas geniales, y casi nunca cosas demasiado agradables, pero intensas, tanto que se me han escapado unas cuantas por no poder escribirlas. Las que quedaron, y las que vayan quedando, vendrán a parar acá.

UN (SUEÑO)
Estábamos en ese sótano húmedo, que bien puede que fuera una mina, o incluso un túnel de subterráneo. Las paredes de tierra negrísima escurrían agua y cucarachas con poca sutileza, y yo no tengo idea de cómo habíamos llegado ahí, pero estaba oscuro y hacía frío. Un frío estático, de ese que no deja ni temblar. Y en la inmovilidad obligada el olor a sudor-mar y a algo que no está bien nos generaba una claustrofobia que daba ganas de arrancarse los ojos. Éramos las esposas de alguien, de álguienes, y al parecer algo mal habíamos hecho. Y había que pagar por eso, pero no nosotras. Ellos. Ellos, que sigo sin saber quiénes. A los músicos les cortaban las manos, y yo pataleaba, y estaba muerta de miedo y de angustia, y las uñas llenas de tierra y la cara llena de lágrimas y a los gritos. Pero en los sueños no se grita.
Y eso es lo terrible.

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