Dígalo, dígalo sin miedo; tal como va el mundo todos los que no somos imbéciles necesitamos estar un poco locos.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Superhéroe-

Utopo descendió con brusquedad y fue a dar de lleno contra la vidriera de una tienda. Algo aturdido, emergió al instante de entre los cristales rotos, haciendo exageradas reverencias y empleando un lenguaje absolutamente pomposo para disculparse con el incrédulo hombre detrás del mostrador. Con la cabeza gacha salió arrastrando los pies y, habiéndose alejado media cuadra, se sentó en un cordón y rompió a llorar.
Lamentable, se dijo. Él, el más magnífico y adorado superhéroe de “Ciudad P”, perdiendo sus habilidades en manos de un condenado cuadro de depresión. Recordó a Rogelio, su jerbo, inusual compañero de batallas a quien había tenido que enterrar días antes gracias a un trozo de bellota demasiado grande. Rogelio. Las lágrimas aceleraron su curso a través del rostro de rasgos duros, cayendo por el precipicio del mentón prominente y dando justo en el centro de la corroída “U” de plata que reposaba en el pecho del traje azul oscuro. El cabello rubio y rizado hasta los hombros, antes lleno de vida, formaba ahora una maraña grisácea que desentonaba por completo con el esbelto y esculpido cuerpo que yacía arrojado en aquél cordón.
Se hallaba a punto de notar su propia pestilencia cuando un grito lejano lo obligó a abandonar su miseria. Alguien necesitaba ayuda. Alzó los ojos inyectados al cielo y padeció un momento de indecisión: podía permanecer allí sentado, inspirando la suficiente lástima para que algún transeúnte se compadeciera con unas monedas para un trago, o podía levantarse y seguir adelante. Pensó en sus días de gloria. Pensó en aquellas tardes en que los ciudadanos de “P” lo saludaban alegres al pasar, y hasta volteaban con una mezcla de envidia y fascinación para verlo alejarse por las calles, deslizándose con gracia, su capa ondeando detrás... Era SU ciudad. Y mi grito, se dijo un tanto avergonzado, a la vez que se erguía de un salto y corría hacia la calle “las Magnolias”, donde sabía con certeza que el gato de alguna de las vecinas tenía problemas para bajar de un árbol.

No hay comentarios:

Publicar un comentario