El manotazo cae pesado sobre el minúsculo reloj despertador. Con la poca lucidez con la que se puede decir que cuenta a esas horas de la mañana, piensa que debe cambiarlo, recordándose como odia la taladrante campanilla que la hace casi saltar de la cama todos y cada uno de los días. Tal vez a la tarde se ocupe.Se estira todo lo que le permite la sábana rayada, (hoy todavía sin rayas porque aún no ha separado los párpados), que está como siempre fuertemente apretada abajo del colchón. Y nada. Abre un ojo para ver la hora. 7:05. Lo cierra. Hay tiempo. Con una fuerza sobrehumana gira despacio sobre su lado izquierdo y queda ahora de frente a la pared. Sabe allí un cuadro no figurativo que no tiene ganas de ver. Y permanece con los ojos cerrados. Quiere volver a dormir, y abrirlos supondría acabar resignándose a la idea de que, efectivamente, ya está despierta. Quiere volver a dormir aunque sea por unos minutos, y la mugrienta conciencia se empeña en retenerla consigo.Piensa que, quizás, un poco de música pueda sacarla de ese estado de trance (en el que, por cierto, se encuentra increíblemente cómoda). O quizás la ayude a volver a dormir. Pero no, no debe. Se incorpora y prende el equipo de música. Cree hacerlo. Sueña. No lo hace. No va a hacerlo, no quiere levantarse.De nuevo gira sobre si misma, quedando esta vez boca abajo, ya con algo de culpa. Le pica la mejilla. Intenta que su cerebro informe al brazo derecho (que es el único que no está bajo la almohada) que necesita rascarse. Pero esa parte de su cuerpo no parece querer responder. Por el amor de dios, ¡como le pica! Aprieta los párpados pegados tanto como le es posible (ve estrellas), porque eso ayudará a que su mano reaccione y cumpla el rol más importante que una mano puede tener. Y si. Detecta un suave cosquilleo en el lado de su muslo derecho. Si. Luego de angustiosos segundos, después de aquel agobiante forcejeo mental, siente a la extremidad nombrada reptar junto al costado de su cuerpo, y las uñas perfectamente cortas alcanzan al fin, gloriosas, la mejilla en agonía. Suspira feliz.La mano continúa el recorrido. Se toca la cabeza y ¡ah! Como lo sospechó. El pelo, enrulado en todo su esplendor, ha formado una grotesca maraña a un lado de la cara, anomalía a la que deberá encomendar una gestión de al menos diez minutos, y luego de la cual deberá recogerse los bucles en un rodete lo más apretado posible para lograr aguantar sin mojárselos hasta la noche. Podría no hacerlo, claro. Siempre podría optar por negarse al peine. Sólo que al costo de soportar de de parte de sus ocurrentes colegas, esos comentarios acerca de la condenada humedad primaveral, y de alguna miserable colonia de carpinchos sin hogar que le estaría eternamente agradecida. No, no está de humor. Estirada, rayando la inercia, piensa en la camisa rosa claro que asoma insolente por la puerta entreabierta del placard. En la cafetera fría, que olvidando sus acostumbrados sonidos guturales, ha de estar riéndose de ella desde la mesada de la cocina. Piensa en el colectivo de las 7:50, que pronto acabará de cargar a las humanidades enanas de siempre para partir hacia otro día de asmática rutina. Protesta a la nada. Despide un suspiro semi-sonoro de resignación y se concentra. Ya casi podría decirse que es tarde. Y no se levantó. No se lavó la cara, o los dientes. No se peinó ni se maquillo y todavía no alcanzó la camisa, mucho menos esa gloriosa taza de café que nadie parece tener ganas de facilitarle. Carajo, arriba. martes, 25 de agosto de 2009
Epopeya-
El manotazo cae pesado sobre el minúsculo reloj despertador. Con la poca lucidez con la que se puede decir que cuenta a esas horas de la mañana, piensa que debe cambiarlo, recordándose como odia la taladrante campanilla que la hace casi saltar de la cama todos y cada uno de los días. Tal vez a la tarde se ocupe.Se estira todo lo que le permite la sábana rayada, (hoy todavía sin rayas porque aún no ha separado los párpados), que está como siempre fuertemente apretada abajo del colchón. Y nada. Abre un ojo para ver la hora. 7:05. Lo cierra. Hay tiempo. Con una fuerza sobrehumana gira despacio sobre su lado izquierdo y queda ahora de frente a la pared. Sabe allí un cuadro no figurativo que no tiene ganas de ver. Y permanece con los ojos cerrados. Quiere volver a dormir, y abrirlos supondría acabar resignándose a la idea de que, efectivamente, ya está despierta. Quiere volver a dormir aunque sea por unos minutos, y la mugrienta conciencia se empeña en retenerla consigo.Piensa que, quizás, un poco de música pueda sacarla de ese estado de trance (en el que, por cierto, se encuentra increíblemente cómoda). O quizás la ayude a volver a dormir. Pero no, no debe. Se incorpora y prende el equipo de música. Cree hacerlo. Sueña. No lo hace. No va a hacerlo, no quiere levantarse.De nuevo gira sobre si misma, quedando esta vez boca abajo, ya con algo de culpa. Le pica la mejilla. Intenta que su cerebro informe al brazo derecho (que es el único que no está bajo la almohada) que necesita rascarse. Pero esa parte de su cuerpo no parece querer responder. Por el amor de dios, ¡como le pica! Aprieta los párpados pegados tanto como le es posible (ve estrellas), porque eso ayudará a que su mano reaccione y cumpla el rol más importante que una mano puede tener. Y si. Detecta un suave cosquilleo en el lado de su muslo derecho. Si. Luego de angustiosos segundos, después de aquel agobiante forcejeo mental, siente a la extremidad nombrada reptar junto al costado de su cuerpo, y las uñas perfectamente cortas alcanzan al fin, gloriosas, la mejilla en agonía. Suspira feliz.La mano continúa el recorrido. Se toca la cabeza y ¡ah! Como lo sospechó. El pelo, enrulado en todo su esplendor, ha formado una grotesca maraña a un lado de la cara, anomalía a la que deberá encomendar una gestión de al menos diez minutos, y luego de la cual deberá recogerse los bucles en un rodete lo más apretado posible para lograr aguantar sin mojárselos hasta la noche. Podría no hacerlo, claro. Siempre podría optar por negarse al peine. Sólo que al costo de soportar de de parte de sus ocurrentes colegas, esos comentarios acerca de la condenada humedad primaveral, y de alguna miserable colonia de carpinchos sin hogar que le estaría eternamente agradecida. No, no está de humor. Estirada, rayando la inercia, piensa en la camisa rosa claro que asoma insolente por la puerta entreabierta del placard. En la cafetera fría, que olvidando sus acostumbrados sonidos guturales, ha de estar riéndose de ella desde la mesada de la cocina. Piensa en el colectivo de las 7:50, que pronto acabará de cargar a las humanidades enanas de siempre para partir hacia otro día de asmática rutina. Protesta a la nada. Despide un suspiro semi-sonoro de resignación y se concentra. Ya casi podría decirse que es tarde. Y no se levantó. No se lavó la cara, o los dientes. No se peinó ni se maquillo y todavía no alcanzó la camisa, mucho menos esa gloriosa taza de café que nadie parece tener ganas de facilitarle. Carajo, arriba.
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Puro genio. Me gusta.
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